Motivos decorativos en las cerámicas del yacimiento de Carricastro

Vista aérea del yacimiento de Carricastro entre los términos de Tordesillas y Velilla (Valladolid)

El altozano que divide los términos municipales de Tordesillas y Velilla (Valladolid), conocido como el cerro de Carricastro o Carrecastro, comenzó a escupir retazos de historia a medida que la excavadora dibujaba sobre el terreno los viales del futuro parque eólico que una empresa está levantando allí. Restos de cerámicas y piezas de granito labradas salieron a relucir prácticamente a cada dentellada de la máquina. Vestigios de un pasado muy lejano, que los expertos sitúan en el entorno de la Edad de Bronce (hace unos tres mil años), cuando los arqueólogos creen que pudo florecer en este cerro una metrópoli prerromana aún por descubrir. «El yacimiento ya era conocido y en cuanto han comenzado los trabajos de desbroce y los movimientos de tierra han comenzado a salir los restos esperados», explica el arqueólogo Ángel Palomino, responsable de supervisar la obra.

Fuente: El Norte de Castilla

Hachas de bronce encontradas en Carricastro (Museo de Valladolid)

Selección de material cerámico procedente de Carricastro dibujado por encargo de Patrimonio Inteligente.

Minería romana en la Sierra de Francia

Selección de ilustraciones realizadas por encargo de la empresa Vacceo para la nueva musealización del Centro de Interpretación de Las Cavenes, en El Cabaco (Salamanca).

El Centro de Interpretación de Las Cavenes es una actuación de carácter didáctico y expositivo sobre las antiguas labores mineras de oro romanas. Ubicado en una edificación de nueva construcción, cuenta con recursos informativos y participativos (paneles, maquetas interactivas, ilustraciones, maniquíes, elementos audiovisuales, etc.) relacionados con el papel del oro en la historia y de la minería romana en la zona, el hábitat de las poblaciones locales y la arqueología de estas evidencias o Cavenes, que conforman un auténtico paisaje cultural. 

Este proyecto se integra en un conjunto más amplio de actuaciones para la rehabilitación de las antiguas labores mineras romanas impulsado por el Ayuntamiento, que intenta potenciar el turismo cultural y natural de la comarca y del que forma parte un itinerario señalizado ya creado para la visita sobre el terreno de la zona minera.

Las explotaciones mineras se sitúan en la localidad de El Cabaco, incluido en el espacio Natural Protegido de las Batuecas – Sierra de Francia. Se trata de evidencias de explotaciones de oro pertenecientes al siglo I dC., de las que subsisten sobre el terreno diferentes huellas de los procesos de extracción, transporte, lavado y acumulación de estériles. En estado de conservación óptimo, son apreciables las evidencias de los canales, depósitos o frentes de extracción de dichas labores, que configuran un paisaje característico denominado «Cavenes». 

Las excavaciones arqueológicas efectuadas han permitido obtener destacados datos sobre el hábitat y las formas de vida de los pobladores y trabajadores de dichas minas, que representan sistemas de explotación y aprovechamiento diferentes a los conocidos en Las Médulas.

Texto: ARQUEOTUR, Red de Turismo Arqueológico

Los cerritos de indios en Uruguay

Vista de una aldea. Ilustración JR. Almeida

Los cerritos de indios

Los cerritos de indios son montículos que constituyen vestigios arqueológicos del pasado aborigen en Uruguay y Brasil.

Los pueblos indígenas que habitaron la zona de planicies y bañados del este y noreste de Uruguay mantuvieron la costumbre de construir y utilizar montículos en tierra durante casi 5.000 años. Algunos tienen forma circular y otros son ovalados o incluso alargados. Los más grandes llegan a los siete metros de altura. En superficie tienen generalmente entre 30 o 40 metros pero pueden llegar a tener 50 a 60 metros de diámetro.

Están hechos fundamentalmente de tierra muy oscura extraída de los alrededores, mezclada con otros materiales entre los que se incluyen desechos de la vida cotidiana; por ejemplo: restos orgánicos, restos de la fabricación de instrumentos en piedra, tierra quemada, carbón, fragmentos de vasijas de cerámica y restos de lo que comían entre lo que se puede encontrar huesos de animales y semillas de frutos.

Vista actual de un conjunto de cerritos en el departamento de Rocha, Uruguay.

Las familias indígenas vivieron sobre muchos de estos cerritos, es decir, los utilizaban como áreas domésticas. Pero los cerritos también cumplieron otras funciones como por ejemplo el cultivo de maíz. Incluso, aún en la actualidad, en algunas zonas del departamento de Rocha, los cerritos son el lugar elegido para las huertas porque su tierra es fértil y rica en nutrientes.

Desde hace por lo menos 1.600 años se utilizaron además como cementerios. Los pueblos indígenas empezaron a enterrar a sus muertos en ellos como forma de señalar que esas tierras pertenecían a sus familias.

Los casi 5.000 mil años que duró el período de construcción y uso de cerritos muestran que fue una tradición cultural muy arraigada entre los indígenas del Uruguay. Las últimas pistas sobre ellos desaparecen hace apenas dos siglos atrás.

Planimetría de un conjunto de cerritos en el departamento de Rocha.

La llegada de los europeos a estas tierras generó un choque de dos culturas muy distintas que trajo como consecuencia la desaparición de las comunidades indígenas y la mezcla de varios de estos grupos con los recién llegados. Fue un proceso corto y traumático. Lo curioso es que los colonizadores europeos no mencionan los cerritos de indios en ningún documento. Sin embargo, sí describieron a los grupos indígenas que habitaban el territorio donde se encuentran los cerritos, los guenoas-minuanes.

De acuerdo a estudios genéticos realizados en Uruguay más de la mitad de la población actual al norte del río Negro tiene ascendencia de ancestros indígenas.

Fuente: Camila Gianotti. Directora del Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Patrimonio del Uruguay (LAPPU)

El poder de la imagen

Cuando el año pasado se hizo la reconstrucción del rostro de una indígena de 1.600 años –utilizando técnicas de reconstrucción forense a partir de un cráneo encontrado en un cerrito de indios rochense– todos quedamos maravillados: más allá de que toda reconstrucción tiene algo de arte y no puede agotar la diversidad de facciones, colores de ojos, pelo y piel, los habitantes milenarios de esta tierra dejaban de ser huesos en colecciones y por fin pasaban a tener una cara en la que mirarnos. En ese sentido, a título personal, creo que este libro hace un aporte de similar magnitud.

A todo lo que Los indios de los cerritos aporta sobre el tema de manera amena, didáctica y cercana para los niños, hay dos ilustraciones, realizadas por José Ramón Almeida, que realmente impactan en el lector. Es que estos dibujos, basados en evidencia científica supervisada por Gianotti, tienen la capacidad de dar carne y hacernos visualizar cómo eran algunos aspectos de la vida de esas poblaciones de una manera que sólo se me ocurre calificar de conmovedora.

Las dos ilustraciones de Almeida representan dos escenas de la vida de los pobladores de Rocha hace cientos –o miles– de años. Y al verlas, es como si se hubiera encontrado la foto perdida de un familiar lejano. Ambas son creíbles, complejas, abundantes en información y, sobre todo, plausibles. En una de ellas vemos a una aldea tal y como muchos arqueólogos y antropólogos piensan que sería: un conjunto de cerritos rodeando una plaza central. Los indios nos miran en la figura, totalmente relajados. Unos cocinan peces y zapallo, otros conversan, otros traen la caza del día –un venado guazubirá–; lejos, un grupo planta calabazas, otros cosechan maíz, unos construyen cestas mientras un perro acompaña cerca de una olla puesta al fuego. En el cielo vuelan unos cuantos chajás. Las palmeras pintan el bañado. Niños, niñas, adultos, mujeres, ancianos, todos están lejos de la concepción del indio guerrero –visto como enemigo para los españoles que contaban la Historia en sus crónicas–, y uno parece asomarse a la vida relajada y pacífica de la aldea.

La aldea de los cerritos.

La otra ilustración es aun más potente: representa una ceremonia de enterramiento. Uno percibe el dolor por la partida de un ser querido mientras la chamana, cubierta por una piel de zorro, despide al fallecido. Nuevamente, las palmeras recortadas contra el cielo nocturno lo miran a uno como preguntándole por qué no se imaginó una escena así antes. En el cielo, la Cruz del Sur domina la escena mientras uno de los aldeanos coloca cabezas de zorro en la tumba aún abierta de su compañero (un detalle basado en mandíbulas de zorro asociadas a enterramientos humanos encontradas en cerritos). ¿Cómo era esta gente? ¿Cómo vivían? Aún es mucho lo que no sabemos. Así y todo, como aquellas imágenes de neandertales de la infancia, una vez vistas estas ilustraciones es difícil que al sentir hablar de constructores de cerritos uno inmediatamente no visualice la escena en las coordenadas planteadas por Almeida, Soler y Gianotti. Si el año pasado la ciencia le puso rostro a la abuela de los uruguayos, Almeida nos pintó la aldea.

Escena funeraria en un cerrito. Ilustración JR. Almeida

Con las autoras

“Si yo fuera niño, recordaría esas imágenes”, dice Soler al respecto de las escenas de Almeida. “Fueron intensamente conversadas, son fruto de mucho trabajo y Camila insistió en varios detalles. El otro día estábamos en Rocha con un grupo de maestros y profesores y uno dijo que lo que más le había llamado la atención eran esas imágenes, que tildó de ‘revolucionarias’, ya que nunca había imaginado a los indios de esa manera ni tampoco le habían dado las herramientas para imaginarlos así”, relata Soler. Gianotti, desde Santiago de Compostela, donde está estudiando la relación entre los fenómenos astronómicos y nuestros cerritos, confiesa: “Ambas ilustraciones son muy potentes, pero además eran muy necesarias, porque es lo que nos piden los niños cuando vamos a dar charlas: quieren ver cómo eran. Nosotros los podemos imaginar, pero ellos necesitan verlo, por lo que creo que la ilustración es una herramienta extremadamente útil para fijar los contenidos del libro. Las dos ilustraciones hablan por sí solas y pueden ser utilizadas como material didáctico para dar a conocer esa historia que queremos mostrar”. Parte del éxito de las imágenes tal vez se deba a que Almeida, además de ser ilustrador, es también arqueólogo.

Cada vez que hablo con arqueólogos y antropólogos me encuentro con varios que dicen que todo lo que se ha venido investigando en las últimas décadas sobre nuestro pasado prehispánico no se ve reflejado en lo que les enseñamos a nuestros niños en las escuelas. “Creo que todavía sigue siendo una gran deuda de la enseñanza reflejar lo que hacemos los investigadores en los libros de primaria y secundaria”, responde Gianotti. “El tema del pasado prehispánico, el pasado indígena, siegue siendo un debe en escuelas y liceos, y este libro efectivamente va en un poco en esa dirección, ya que pretende contar una historia que no está contada y de la que además hay mucha información, muchos datos, mucha investigación, como para que sorprenda, nos llame la atención y que, además, nos muestre otra historia distinta, una que ha sido silenciada, invisibilizada e incluso negada hasta el día de hoy” remata Gianotti.

Los indios de los cerritos, de Camilia Gianotti, Silvia Soler y Sebastián Santana. +Cerca ediciones y Banda Oriental.

Fuente: Leo Lagos. ladiaria.com.uy

Portada y contraportada de la publicación .

Wils y el Batallón de Zuavos Carlistas


En un recóndito santuario de las montañas catalanas, una lápida recuerda que allí descansan los resto de Ignace Wils, un extranjero del que apenas se sabe nada. Tras es tumba se esconde una de las aventuras más apasionantes y desconocidas de nuestra Historia decimonónica, la de un número de voluntarios extranjeros que acudieron a luchar, incluso, desde Canadá o el Lejano Oriente, bajo las banderas del carlismo.
 
Las biografías del holandés Ignace Wils, caído en el asalto a Igualada con solo veinticuatro años, y la de su hermano August resultan vibrantes. Alistados en los Zuavos Pontificios, lucharon en las guerras de unificación italiana. Poco después, lo harían en la Guerra Franco-Prusiana y en la Tercera Guerra Carlista. Su periplo vital quedaría indisolublemente ligado a una de las unidades militares más peculiares que han existido en España, un cuerpo de élite del Ejército Real que en su tiempo fue legendario: el Batallón de Zuavos Carlistas. Comandados, de forma sucesiva, por los hermanos Wils, acompañaron a don Alfonso de Borbón y su esposa María de las Nieves de Braganza, convitiéndose en su guardia de corps y actuando como una temible fuerza de choque. Los primeros en la ofensiva y los últimos en la retirada. Venerados y odiados, admirados y despreciados, no dejaron a nadie indiferente. También, autores como Benito Pérez Galdós o Blasco Ibáñez dedicaron algunas de las palabras salidas de su pluma a estos fieros voluntarios y a varias de las acciones que protagonizaron.
 
Rocambolescas fugas, viajes arriesgados, conspiraciones, atentados abortados in extremis, cargas suicidas a la bayoneta, grandes batallas, los laudos del triunfo y los sinsabores de la derrota son algunos de los ingredientes que ofrece esta obra, galardonada con el XV Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi”. Un trabajo riguroso, resultado de años de investigación en bibliotecas y archivos españoles y extranjeros, que saca a la luz, por primera vez, centenares de documentos textuales e iconográficos inéditos, procedentes de más de de una cincuentena de instituciones públicas y colecciones particulares. Pero, también, ameno y cargado de anécdotas que conviven con la crueldad y las miserias de un guerra cainita y despiadada entre españoles, entre hermanos que asoló nuestro país hace siglo y medio. Esta es la épica historia de los hermanos Wils y su Batallón de Zuavos Carlistas.

Autores:
Agustín Pacheco Fernandez.
Francisco Javier Suárez de Vega.

Ilustración de Portada: Augusto Ferrer-Dalmau
Edita: Galland Books.
Recreación del momento en el que August Wils, acompañado del sargento de zuavos belga Hippolyte Verhaert, cruza la frontera con la bandera. Esta ya nunca retornaría a España.
(Ilustración J.R. Almeida)

Javier Suárez de Vega, amigo, escritor e infatigable investigador histórico me pidió hace tiempo una ilustración para un ensayo que estaba escribiendo en colaboración con Agustín Pacheco Fernández, autor igualmente apasionado por la historia militar. Durante más de dos años han estado ambos enredados en los procelosos avatares de este cuerpo de élite y sus a veces desconocidos comandantes. El resultado es una magna obra de más de 600 páginas repleta de fotografías de la época y de documentos, algunos de ellos inéditos, amén de un apabullante aparato crítico.

Mi contribución a este ensayo apasionante sobre nuestro turbulento siglo XIX se reduce a este dibujo en el que el protagonista que da título a la obra, Wils, cruza la frontera con Francia portando la bandera carlista.

Ha sido todo un honor colaborar en la edición de un libro cuya portada se debe nada menos que a Augusto Ferrer-Dalmau.

AL ANDALUS

portada caja Al Andalus

Próximamente:

Al Andalus

Tras más de dos meses de trabajo está a punto de ver la luz uno de los encargos más interesantes (y complejos) que he hecho últimamente. Se trata de un juego de 48 cartas ilustradas para conocer los principales monumentos, personajes y hechos de la presencia musulmana en la Península Ibérica a través de ocho familias temáticas con textos en español, inglés y árabe.

Trabajo realizado para Ciudades en Juego.

 

Notre-Dame en llamas. Lo que se ha perdido

Notre-Dame en llamas. Lo que se ha perdido

Chantiers Notre-Dame de paris
El pasado 11 de abril dieciséis  esculturas macizas de cobre representando a los doce apóstoles y a los cuatro símbolos de los evangelistas fueron retiradas de la aguja de la catedral de Notre-Dame. Fueron instaladas en 1860 durante la controvertida restauración del templo realizada por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, entre 1843 y 1864. Él mismo se hizo representar bajo los rasgos de Santo Tomás… A pesar de sus habituales licencias en relación a la realidad histórica, debemos a Viollet-le-Duc la reinstalación de la aguja, desmontada en el siglo XVIII ante la amenaza de desplome.

En su diccionario de la arquitectura francesa medieval, una magna obra en diez volúmenes ilustrados por el autor, Viollet-le-Duc explica las debilidades estructurales que obligaron a desmontar la aguja, hoy destruida por el incendio. También aporta datos sobre la estructura general de la flecha, su peso (500 toneladas) y los nombres de los plomeros y artesanos que colaboraron en la obra.

©PHOTOPQR/LE PARISIEN ; Travaux sur la Cathédrale Notre-Dame à Paris les 16 statues sont enlevées pour être restaurées le 11 avril 2019 photo LP/Yann Foreix

A continuación un extracto.

Dictionnaire raisonné de l’architecture française du XIe au XVIe siècle.

VIOLLET-LE-DUC

La souche de la flèche de Notre-Dame de Paris, bien qu’elle fût combinée d’une manière ingénieuse, que le système de la charpente fût très-bon, présentait cependant des points faibles ; ainsi, les grandes fermes diagonales  n’étaient pas suffisamment armées au pied, les contre-fiches-moises  ne buttaient pas parfaitement les poteaux extérieurs de la pyramide, les arbalétriers étaient faibles, les entraits retroussés sans puissance. Les fermes de faîtage  ne trouvaient pas, à la rencontre de ces deux grandes contre-fiches, un point d’appui inébranlable ; d’ailleurs ces contre-fiches, à cause de leur grande longueur, pouvaient se courber, ce qui avait eu lieu du côté opposé aux vents. Par suite, la flèche tout entière avait dû s’incliner et fatiguer ses assemblages.

(…)

Nous l’avons dit tout à l’heure : les quatre piles du transsept sur lesquelles repose la flèche de Notre-Dame de Paris ne sont pas plantées aux angles d’un carré, mais d’un quadrilatère à quatre côtés inégaux, ce qui ajoutait à la difficulté.

(…)

La flèche de Notre-Dame de Paris est entièrement construite en chêne de Champagne ; tous les bois sont recouverts de lames de plomb, et les ornements sont en plomb repoussé[8].

8- La charpente de cette flèche a été exécutée par M. Bellu, et la plomberie par MM. Durand frères et Monduit. L’ensemble, compris les ferrures, pèse environ 500 000 kilog. Chacune des piles du transsept pourrait porter ce poids sans s’écraser. Les douze statues des apôtres et les quatre figures des symboles des évangélistes qui garnissent les quatre arêtiers des noues sont en cuivre repoussé, sur les modèles exécutés par M. Geoffroy-Dechaume.

la flèche en feu
la flèche en feu