Tiempos comuneros

En noviembre de 1520 Fray Antonio de Guevara, futuro obispo y autor de Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea, se encuentra en la iglesia de Villabrágima (Valladolid) con los líderes comuneros encabezados por el obispo Acuña. La historicidad de la escena no está del todo clara pero pudo tener este aspecto.

Tiempos Comuneros.

Es invierno y Antonio de Guevara expone con vehemencia los desmanes cometidos por los comuneros contra la autoridad del Emperador. Les acusa de rebelión pero también promete el perdón si deponen las armas y liberan a la reina Juana.

Además del obispo Antonio de Acuña he incluido en la escena a Francisco y Pedro Maldonado, Lasso de la Vega y a Pedro Girón de Velasco.

Cuentos urticantes

Mi amigo y colega Pedro Álvarez-Quiñones me dio a leer en su momento una selección de cuentos inéditos de inquietante temática como es habitual en su ya larga trayectoria como novelista, poeta y ensayista. En esta ocasión no pude por menos de proponerle la ilustración de alguna de estas bellas rarezas que, en ocasiones, sobrevuelan por encima del delirio romántico de Poe, Espronceda o Bécquer.

Producto de esta inmersión literaria en sus Cuentos urticantes son estas ilustraciones que aporto aquí, acompañadas de algunos fragmentos de las historias originales que esperan, aún, ver la luz en papel.

Comunión de tierra
Muy indiscreto
La ciénaga

A continuación, algunos fragmentos de estos Cuentos urticantes de P. Álvarez-Quiñones:

«A lo largo de años de espionajes furtivos he oído carcajadas, disculpas, titubeos, calumnias, declaraciones de amor, amenazas, censuras, piropos y relatos sobre vicios nefandos; he conocido conspiraciones, participado de confidencias espeluznantes y accedido a colosales reservorios de estupidez y tontuna… Nadie como yo ha atesorado tal cantidad de pláticas inservibles movido solo por una comezón irreductible de curiosidad desbocada; nadie conoció jamás soledad tan fecunda, tan plena de matices, cromatismos, tornasoles e irisaciones.»

Muy indiscreto

«Sin lugar a dudas, Adefesio no era un perro como los demás: emitía unos ladridos chillones y estridentes, similares a trompetazos; acostumbraba a dormir boca arriba, con las patas estiradas, y no sentía la menor animadversión por los gatos. En cualquier caso lo que más me desconcertaba de él era su carácter insondable y extraño: tan disciplinado y obediente como cualquier perro al que se haya educado de manera correcta, hacía gala, empero, de las reservas típicas de un gato.»

Un extraño perro

«Durante nuestro cautiverio, fuimos llevados de aquí para allá, a lo largo de caminos anegados y carreteras mal asfaltadas, exhibiéndosenos en barracas de ferias rurales del Cáucaso junto a otros antropoides, la mayor parte, como nosotros, procedente de laboratorios más o menos clandestinos.»

La ciénaga