Castro de Irueña, Salamanca

Asentamiento defensivo

Irueña se levanta sobre un cerro formado en la desembocadura del arroyo Rolloso en el río Águeda. Ambos cursos de agua y las empinadas pendientes del cerro ofrecieron al poblado una inmejorable defensa en casi todo su perímetro, con excepción de su lado meridional. A pesar de que solamente éste requería una protección artificial, los habitantes de Irueña construyeron una muralla en todo su contorno para completar su protección.

Este tipo de asentamiento en zonas escarpadas y difícilmente accesibles es común en los poblados prerromanos de la zona, los llamados castros. No obstante, en su emplazamiento buscaban otras condiciones naturales que les aseguraran, por ejemplo, el aprovisionamiento de agua o la existencia de pastos y tierras de cultivo, cuestiones que quedaban perfectamente cubiertas aquí. Se buscaban también puntos bien comunicados. Recientes descubrimientos arqueológicos parecen indicar que Irueña se localizaba en el trayecto de una vía de comunicación con el sur, al menos en época romana, lo que podría explicar su pujanza en este periodo histórico.

Texto: Vacceo

Modelo digital del terreno
Reconstrucción del castro
Detalle de la muralla

Minería romana en la Sierra de Francia

Selección de ilustraciones realizadas por encargo de la empresa Vacceo para la nueva musealización del Centro de Interpretación de Las Cavenes, en El Cabaco (Salamanca).

El Centro de Interpretación de Las Cavenes es una actuación de carácter didáctico y expositivo sobre las antiguas labores mineras de oro romanas. Ubicado en una edificación de nueva construcción, cuenta con recursos informativos y participativos (paneles, maquetas interactivas, ilustraciones, maniquíes, elementos audiovisuales, etc.) relacionados con el papel del oro en la historia y de la minería romana en la zona, el hábitat de las poblaciones locales y la arqueología de estas evidencias o Cavenes, que conforman un auténtico paisaje cultural. 

Este proyecto se integra en un conjunto más amplio de actuaciones para la rehabilitación de las antiguas labores mineras romanas impulsado por el Ayuntamiento, que intenta potenciar el turismo cultural y natural de la comarca y del que forma parte un itinerario señalizado ya creado para la visita sobre el terreno de la zona minera.

Las explotaciones mineras se sitúan en la localidad de El Cabaco, incluido en el espacio Natural Protegido de las Batuecas – Sierra de Francia. Se trata de evidencias de explotaciones de oro pertenecientes al siglo I dC., de las que subsisten sobre el terreno diferentes huellas de los procesos de extracción, transporte, lavado y acumulación de estériles. En estado de conservación óptimo, son apreciables las evidencias de los canales, depósitos o frentes de extracción de dichas labores, que configuran un paisaje característico denominado «Cavenes». 

Las excavaciones arqueológicas efectuadas han permitido obtener destacados datos sobre el hábitat y las formas de vida de los pobladores y trabajadores de dichas minas, que representan sistemas de explotación y aprovechamiento diferentes a los conocidos en Las Médulas.

Texto: ARQUEOTUR, Red de Turismo Arqueológico

Altares célticos en la provincia de Burgos

Durante la Edad del Hierro  gran parte de la península ibérica estuvo poblada por un conjunto de tribus de raíz céltica y marcado carácter guerrero. Sus formas de vida y religiosidad pagana les llevó a venerar a sus dioses en destacados lugares naturales, concebidos como altares donde realizaban rituales y ofrendas religiosas.

En Gete (Pinilla de los Barruecos, Burgos) hasta 2019 se han descubierto cinco altares, todos ellos ubicados en espacios naturales, formando un conjunto ritual para ceremonias religiosas, políticas y sociales. Este conjunto de altares lleva a considerar esta zona un santuario celta, con un papel relevante en la historia ya que esta zona fue el límite geográfico entre tribus de pelendones, turmogos y vacceos.

Para los celtas, el mundo estaba organizado en dos ámbitos: el mundo vital y lo que estaba fuera de él. Al primero correspondían las personas y el poblado, delimitado generalmente por murallas que les defendían y separaban del otro mundo.

El otro mundo correspondía a la naturaleza, inmensa y salvaje, donde los espíritus (númenes), los dioses y los animales hostigaban a las personas. Sin embargo, en esa naturaleza había lugares especiales  donde los dioses se comunicaban con los humanos que les imploraban y daban ofrendas por los dones recibidos. Estos lugares eran santuarios naturales, que podían ser de diversos tipos (cuevas, rocas, bosques, árboles, lagunas, etc.)

Todos estos lugares naturales, eran mágicos y en ellos los druidas, a modo de sacerdotes, realizaban ritos para buscar la protección de los dioses.

Texto: Óscar González Díez (ADES)

Ilustraciones y maquetación: J.R. Almeida

Peña Amaya, Burgos

Algunas de las ilustraciones para la señalización del castro de Peña Amaya (Amaya, Sotresgudo, Burgos).  Proyecto de Patrimonio Inteligente.

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AÑO 574: “…el rey Leovigildo penetrando en Cantabria…, ocupa Amaya, conquista sus fortificaciones y reintegra bajo su autoridad a la provincia”. Juan de Bíclaro, Chronicon.

AÑO 712: “Llegó (Tarik ben Ziyad) después a la ciudad de Amaya, donde encontró alhajas y riquezas…”. Al-Macqari.

AÑO 860: “En la era 898 (año 860) el conde Rodrigo repobló Amaya y asaltó Talamanca”. Anales Castellanos Primeros.

Esa Amaya tan codiciada por visigodos, musulmanes y por la naciente Castilla se levantó en lo que conocemos como Castro de Peña Amaya, que ocupa el extremo oeste del macizo de Peña Amaya, un enérgico relieve en el borde meridional de Las Loras, asomado sobre la campiña como un bastión inexpugnable.

Perfectamente diferenciado del resto del relieve por el tajo de la fuente Hongarrera, el castro ocupa más de 50 ha con dos sectores a diferente altura. En el banco calizo inferior, 200 m sobre el fondo del valle, se reparte casi toda el área de habitación, en su momento protegida en algunos tramos por una muralla. Más de 100 m por encima se encuentra el promontorio del castillo, que junto con las estrechas plataformas de su ladera sur forman un último reducto de defensa.

La protección que le brinda su configuración natural, la existencia de fuentes permanentes y el dominio visual sobre un vasto territorio son factores que no pasaron inadvertidos. Las cuevas que horadan los cantiles fueron frecuentadas desde al menos los tiempos de la cultura Campaniforme, hace unos 4000 años, pero será en el Bronce Final, hace 3000 años, cuando podemos fijar la primera ocupación estable. El castro permanece habitado durante la Edad del Hierro, al menos en su segunda fase, la de los cántabros históricos, y verá de cerca las legiones de Roma durante las Guerras Cántabras y Astures (29-19 a. C.).

Tras el conflicto acogió un destacamento legionario, que cumplió labores de vigilancia hasta cerca del año 40 de nuestra era. Su marcha no supone el abandono de la plaza, pues continúa su vida a lo largo de todo el Imperio y, según las crónicas, así seguía a finales del siglo VI, como el centro de un poder autónomo que el rey visigodo Leovigildo ve necesario someter. Dentro del reino, poco antes de la invasión musulmana, Amaya es capital ducal de Cantabria y sede episcopal; por ello, el ataque del 712 de Tarik, el conquistador musulmán de la Península, tiene por objeto descabezar esta capital norteña, último reducto del poder visigodo.

Por su relevancia pasada, tras un periodo de abandono, esta será una de las primeras plazas repobladas al sur de la Cordillera Cantábrica, ya a finales del siglo VIII, aunque su incorporación oficial al reino astur se produce en el año 860 por iniciativa de Rodrigo, el primer conde que se asocia al nombre de Castilla. La vida de la Amaya medieval, plaza fuerte de la primera Castilla, que verá restaurado su obispado, con su aldea y el castillo del promontorio, continúa hasta avanzado el siglo XIV.

(Texto: Patrimonio Inteligente)